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Clásico de clásicos: Madres vs Desesperanza

Para las entrenadoras de futbol sí hay diferencia entre antes y después, desde que comenzaron su oficio de instructoras. Vanesa Robles

La lucha de las madres de familia contra el narcomenudeoUn grupo de mamás se ha organizado en Santa Paula, Tonalá, para, con el futbol como motivo, lograr que cientos de niños encuentren mejores motivos en la alegría que en la seducción del narcomenudeo

Por Vanesa Robles

GUADALAJARA, JALISCO (27/MAY/2012).- La cancha del Barcelona, el Alemania y otra docena de equipos de gran nombre es un rectángulo de tierra suelta, piedras bravas y límites confusos, en la colonia Santa Paula, en Tonalá. A las seis de la tarde el sol podría cegar a cualquiera, pero unos 400 jugadores moldean el músculo, sin lamentos. A silbatazos, el cuerpo técnico vigila, exige, motiva. El cuerpo técnico tiene forma de mujer. De una decena de amas de casa pobres, que con mallas ceñidas y playeras flojas pitan el clásico del barrio. El clásico es entre decenas de niños —los jugadores—, contra el tonzol, el thiner y la seducción del narcomenudeo.

Para enfrentar al contrincante, ni balones caros ni pasto y a menudo ni zapatos tenis.

Acá a la bola se la respeta para que siga rodando. El terregal es sagrado porque significa juego. Los pies descalzos son suficientes para andar por calles secas y sin empedrado.

Tampoco son necesarios aislamientos ni dietas especiales.

En Santa Paula, el entrenamiento principal de muchos niños consiste en ocho horas de trabajo en las ladrilleras, a la par de sus papás, por sueldos familiares de entre 800 y cinco mil pesos al mes. Centenares de chicos tienen los pulmones grises por el humo de la quema de leña y llantas que se usan en los hornos de ladrillo, y varios se disputan entre el segundo y el tercer grado de desnutrición, relata Guadalupe Pérez, supervisora del centro de Children International, un organismo que trabaja en varias comunidades miserables del mundo y tiene un centro en esta zona de Tonalá.

Ni cervecerías ni bebidas energizantes.

Los patrocinadores de las bardas de Santa Paula son los grafiteros locales. Los electrolitos son cortesía de los pozos artesianos, cavados bajo un suelo donde también abundan las fosas sépticas. Sus pobladores aquí forman parte del medio millón de tapatíos que en mayo de 2008 recibieron promesas de agua y drenaje e incluso recibieron tuberías y un par de años más tarde se enteraron de que todos aquellos tubos no tienen de dónde abastecerse.

Ni Menottis ni Capellos ni Bastistutas: ya quisieran ellos.

Aquí las amas de la cancha se llaman Alejandra Gallardo, Juanita Gutiérrez, Chuya Virgen, Miriam Estrada, Lety Rendón, Isela Cruz, Irene Sánchez, Araceli Santiago y Silvia y Pilar González (a quienes en los últimos meses se ha unido un quinteto de varones, algunos hijos de las fundadoras). No reciben un cinco por su labor. Hace tres años, todas pelaban los ojos cuando escuchaban palabrotas como “fuera de lugar”, “pelotazo”, “pregol” y “zona técnica”; hoy esos conceptos les son tan familiares como sopa de fideo, casuelas, ropa sucia, fiebre.

Cuenta Alejandra Gallardo que el alma futbolera le afloró de una mezcla entre lo que aprendió en un taller de autoestima y empoderamiento que recibió en Children International y el miedo por el futuro de sus hijos.

El miedo es un gas incoloro que flota sobre las calles de Santa Paula, donde la mayoría tiene en la memoria una balacera reciente y se rumora de la existencia de un cártel local, cuyos miembros gozan exhibiendo desnudos y torturados a sus enemigos, a pleno día, durante el tianguis de los miércoles.

En este ambiente de miseria y violencia extrema, en el verano de 2010, Alejandra Gallardo decidió recuperar un rectángulo del espacio público del barrio: el campo de futbol.

Una tarde salió a jugar con sus hijos, pero se dio cuenta de que de “soccer” sabía lo mismo que de física cuántica. Con el apoyo del organismo que las había empoderado, ella y sus vecinas acudieron al Consejo Municipal del Deporte de Tonalá y gestionaron clases con un profesional; el organismo también les donó los balones que hasta ahora conservan como joyas preciadas.

En pocos meses las madres de familia se hicieron expertas en patear bolas, hacer fintas, meter goles y proteger portería. Entonces surgió un detalle: de las reglas del juego desconocían hasta la “r”. Lo que siguió fue la gestión para curso de arbitraje en la escuela Córdica: “Ahora ya sé cuándo no me están contando los goles”, se ríe Alejandra Gallardo, brava en el juego, cálida en el trato. Al final lo que faltaba eran alumnos. Lo resolvieron con una campaña de volantes por las calles el barrio, a través de los cuales citaron niños y niñas en la unidad deportiva, que carece de todo, menos de un rectángulo de tierra suelta.

Los niños llegaron. Al principio unas decenas y luego centenares, 380, hasta hoy. A algunos, las señoras pudieron conseguirles zapatos tenis y uniformes, pero la ropa deportiva es el capítulo que menos le interesa a los jugadores, cuya pasión no distingue mucho entre un par de guaraches y uno de zapatos con tacos.

Para las diez entrenadoras de futbol de Santa Paula sí hay diferencia en el antes y el después, desde que comenzaron su oficio de coach. Ahora no dejan la cancha casi por nada: “Diario tenemos quehacer, pero dejamos a un lado el quehacer, para estar con los niños”, afirma Chuya Virgen, quien se regocija cuando cuenta que hoy, por las calles chuecas de Santa Paula, los niños y adolescentes le gritan: “!Adiós, entrenadora!”. En algunos casos, las señoras no se han incapacitado del balón ni por el embarazo ni por la cuarentena que sigue al parto y, según se sabe, eso no le ha ocurrido a Menotti, Capello y Batistuta.

Miriam Estrada entrenó a su equipo casi hasta el momento de su parto, amamantó entre la polvareda del campo de futbol y hoy su hija, de siete meses, sonríe bajo el sol mientras la madre pita partidos.

Más todavía, varias jefas de la cancha decidieron compartir sus conocimientos en manualidades y ahora, bajo la asesoría de un proyecto productivo de Children International, planean rentar un localito para vender sus productos de punto de cruz, listón, repujado, tejido. Todo esto lo relatan con la aguja en la mano, cinco minutos antes de partir a la unidad deportiva.

Ellas creen que los niños y adolescentes del barrio también han cambiado la perspectiva de su futuro. Podría ser cierto. Cuando uno les pregunta a los chicos qué quieren hacer de su vida, no mencionan al cartel de Santa Paula ni al Chapo Guzmán. Los que menos saben, saben bien que Maradona creció en un barrio que se parecía mucho a Santa Paula, Tonalá, paradójicamente ambos tan olvidados de la mano de Dios.

De la patada a la luz

Por iniciativa de las amas de casa y con asesoría de Children International, el proyecto de las voluntarias futboleras comenzó en Santa Paula, Tonalá, y se extendió a los otros cuatro centros comunitarios del organismo en la zona metropolitana de Guadalajara. Hoy es parte del proyecto internacional A Jugar.

Varias entrenadoras también participan en los proyectos productivos Mujer Agente de Cambio, del Proyecto de Participación Comunitaria de Children International.

El organismo funciona con apadrinamientos que los ciudadanos comunes dan a los niños marginados. Los padrinos aportan 22 dólares mensuales, para un programa de salud integral y educación de sus ahijados.

En Santa Paula hay cuatro mil niños apadrinados. En el resto de la zona metropolitana hay un otros 12 mil.

Centenares de niños están en una lista de espera por un padrino. Los intesados pueden consultar la página www.childreninternational.org.mx.

PARA SABER

Children International

El programa de apadrinamiento de Children Interntional “actualmente beneficia a más de 340 mil niños pobres y sus familias en 11 países alrededor del mundo, incluyendo Chile, Colombia, Ecuador, los Estados Unidos, las Filipinas, Guatemala, Honduras, India, México, la República Dominicana y Zambia. 17 agencias de apadrinamiento en Centro y Sudamérica, Asia, África y los Estados Unidos”, de acuerdo con el sitio web de la institución.

Fue fundada en 1936,  como Holy Land Christian Mission. A partir de 1980 comenzó sus primeros proyectos de apadrinamiento en India.